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Lo mejor de lo mejor

Wednesday, October 11, 2006

Piñicuaro

Es el pueblo de mi familia materna y uno de los lugares más importantes de mi infancia, aunque siempre hemos (mi familia) vivido en el Estado de México, esperábamos con ansias que llegaran las vacaciones de fin de ciclo escolar o si la economía lo permitía, el fin de año para viajar en ristra al Pueblo.
Los viajes no eran muy confortables pues en términos informáticos, mis papás hacían un .ZIP con 6 niños y un adulto en 4 asientos (si... ¡Cuatro! y aún así nos turnábamos para ir en las ventanas o en el escalón para descansar), además en aquellos tiempos no existía ETN o Primera Plus (bueno.. y aunque hubieran existido).

Pero todo valía la pena cuando después de transbordar al segundo autobús en peregrinación desde la terminal de autobuses viejita en Moroleón con mochilas al hombro y fila india entre las angostas calles de la hoy moderna e industrial ciudad y un leeennntoo viaje en el viejo autobús (de 2 que había: el de Luis y el de Pancho Aguado) hacia Piñicuaro veíamos asomarse las primeras casas del Pueblo y si teníamos suerte, podríamos encontrar en el camino a alguno de los tíos o primos o simplemente caíamos de sorpresa y con el escándalo debido a la casa del Tío Roberto esperando con ansias ver a los primos y corriendo a la casa de Güelita y Tío José. Sabíamos que ella nos daría un abrazo fuerte y que nunca recibiríamos un regaño por lanzarnos sobre los árboles de granadas que seguro que desde que nos oían llegar temblaban de miedo por la tunda que les tocaría.

Como olvidar que saliendo de esos primeros saludos nos íbamos en banda a la casa de tía Gelina porque era nuestro tercer cuartel general y el lugar preferido para ver la televisión o jugar con el "castillo de bloques" que aunque le faltaran piezas siempre encontrábamos la forma de armarlo. En especial en casa de tía Gelina yo me sentía como pez en el agua porque ahí estaba mi prima Magui, que es como mi hermana, quién iba a decir que nuestros primogénitos se llevarían menos de tres meses de edad, si un brujo loco nos lo hubiera dicho, nos hubiéramos muerto de risa desde aquel fresno que era como nuestro lavadero, donde podíamos estar trepadas por horas y horas contándonos todo lo que nos había pasado en todo el año que no nos habíamos visto y que además recapitulábamos las cartas que nos mandábamos por correo (no electrónico claro), aún conservo muchas de ellas, yo creo que las voy a mandar enmicar o algo así.

A pesar de que la convivencia con mis otros primos era con menor frecuencia, por sus múltiples ocupaciones, ya fuera en el campo o en sus pasatiempos o incluso por las diferencias de edad, pero recuerdo con mucho cariño aquellas veladas en las que dolía el estómago de tanta risa, nunca me imaginé que llegaría a ser comadre de Moy, a quien aprecio mucho.

Bueno, hablar del pueblo materno es un tema bastante extenso, así que sirva esto solo como un resumen sin descartar que habrá muchas más citas al respecto. Por lo pronto, no pude evitar sentir nostalgia.

He aquí algunas tomas (seguro podré obtener algunas mejores) una es una vista de la Iglesia y la otra es una de sus calles en los preparativos de la fiesta patronal.

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